Gráfica editorial MVGA: Carlos Rangel: pensar contra el pretexto

Resumen

Carlos Rangel incomoda porque obliga a una pregunta que la política latinoamericana suele esquivar: ¿cuánto de nuestro atraso se explica por fuerzas externas y cuánto por las decisiones, instituciones y élites que hemos creado dentro de nuestras propias sociedades? Su respuesta fue polémica, liberal y deliberadamente frontal. No conviene convertirla en dogma. Conviene leerla, discutirla y comprobar qué ilumina sobre Venezuela.

Un intelectual de prensa y televisión

Carlos Enrique Rangel Guevara nació en Caracas el 17 de septiembre de 1929. Estudió en Bard College, la Universidad de París y New York University; fue instructor universitario, diplomático y profesor de Periodismo de Opinión en la Universidad Central de Venezuela. Al regresar a Caracas en 1960, asumió la dirección de la revista Momento. También fue electo al Concejo Municipal del Distrito Federal para el período 1964–1968. Estos datos biográficos están recogidos por el Diccionario de Historia de Venezuela de Fundación Empresas Polar.

Rangel no escribía desde una torre apartada del debate público. Dirigió una revista, enseñó periodismo, participó en la política municipal y comentó la actualidad venezolana e internacional. Su trabajo se movía entre ensayo, prensa, entrevista y televisión. Junto con Sofía Ímber, condujo Buenos Días, un programa de entrevistas en el que el poder debía responder preguntas delante de una audiencia. La memoria de Rangel es inseparable de esa exigencia: examinar las ideas, pero también hacerlas hablar frente a los hechos.

Su trayectoria importa para MVGA por una razón concreta. Rangel defendió que Venezuela debía abandonar el relato cómodo en el que todos los fracasos eran culpa de un enemigo exterior y todas las soluciones dependían de una revolución o de un líder excepcional. Poner el foco en la responsabilidad interna no significa negar la historia colonial, la influencia extranjera o las desigualdades globales. Significa que esas explicaciones no pueden servir como permiso para que los gobernantes venezolanos evadan su propia responsabilidad.

El libro que discutió un continente

En 1976 Rangel publicó Del buen salvaje al buen revolucionario: mitos y realidades de América Latina. El archivo ICAA del Museum of Fine Arts, Houston identifica la obra, registra su circulación temprana y resume su argumento: Rangel examina cómo el mito del «buen salvaje» fue reemplazado por el del «buen revolucionario», figura a quien se atribuye la capacidad de redimir al continente mediante una transformación total.

La crítica de Rangel apuntaba a un hábito político: explicar la pobreza como resultado exclusivo de la conquista, el imperialismo o la dependencia, mientras se ignoraban el caudillismo, el populismo, la fragilidad institucional y la responsabilidad de las élites locales. El problema no es que esas fuerzas externas sean irreales. El problema aparece cuando la explicación se vuelve excusa permanente y deja de preguntar quién tomó las decisiones, quién se benefició y quién impidió que las instituciones corrigieran el rumbo.

El título del libro es una provocación, y también una advertencia contra las soluciones mágicas. El «buen revolucionario» promete que la purificación política resolverá de golpe problemas que requieren instituciones, conocimiento, trabajo y límites al poder. Rangel desconfiaba de ese lenguaje porque podía convertir la violencia y la concentración del poder en instrumentos aparentemente morales: si la causa promete redención, cualquier costo parece justificable.

En 1982 publicó El tercermundismo, obra que amplía esa discusión. El catálogo de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos documenta la edición en inglés de The Latin Americans: Their Love-Hate Relationship with the United States, publicada en 1977, y la describe como un ensayo provocador sobre la vida política y cultural latinoamericana. CEDICE ofrece una edición digital de Del buen salvaje al buen revolucionario en su Biblioteca Carlos Rangel, útil para verificar las tesis directamente en el texto y estudiar los argumentos de la edición consultada.

Lo que Rangel le exige al lector venezolano

Leer a Rangel hoy no consiste en repetir que «lo predijo todo». Esa frase transforma a un ensayista en oráculo y evita la tarea más difícil: entender qué argumentos hizo, en qué contexto y dónde pueden ser discutidos.

Su primer desafío es abandonar la autocomplacencia. Venezuela no se arruinó por una sola decisión, un solo gobierno o una sola potencia. Los ciclos de gasto, la dependencia de los ingresos públicos, la debilidad de los controles y la búsqueda de un jefe providencial tienen raíces y responsables venezolanos. Admitirlo permite hablar de reformas concretas. Negarlo sólo deja abierta la puerta a otro salvador que promete administrar mejor el mismo poder sin limitarlo.

El segundo desafío es desconfiar de la épica que sustituye a las instituciones. Un movimiento puede nacer de una causa legítima y, aun así, crear un aparato que concentre poder. Una elección puede otorgar un mandato y no puede convertir en irrelevantes los derechos de quienes votaron contra el ganador. Una constitución puede contener palabras democráticas y su aplicación puede contradecirlas. Rangel ayuda a preguntar qué reglas protegen al ciudadano cuando la retórica del gobernante suena más noble que sus resultados.

El tercer desafío es defender una identidad venezolana sin usarla para cerrar el debate. El nacionalismo puede servir a la dignidad y la independencia; también puede ser manipulado para exigir obediencia o para presentar toda crítica como traición. Rangel miró la relación de América Latina con Estados Unidos de forma poco complaciente. Su análisis recuerda que admirar, rechazar o imitar a otra nación no sustituye la construcción de una comunidad política propia.

Un pensamiento que también debe ser examinado

La firmeza de Rangel no lo vuelve infalible. Su énfasis en la responsabilidad interna puede dejar menos espacio del necesario a la historia de la conquista, a la desigualdad internacional, a las intervenciones extranjeras y a las estructuras económicas que limitan las opciones nacionales. Esa es una pregunta que el lector debe plantear con sus propias fuentes y no resolver con una etiqueta.

También hace falta situar sus escritos en la Guerra Fría. Las categorías de «Tercer Mundo», socialismo, liberalismo y dependencia tenían entonces una carga política distinta a la actual. Sus ejemplos, predicciones y juicios deben leerse en el tiempo en que fueron escritos y compararse con la evidencia posterior. El archivo y los libros permiten verificar las palabras de Rangel; no obligan al lector a aceptar todas sus conclusiones.

Para MVGA, esa diferencia es importante. Si defendemos la libertad de pensamiento, debemos dejar sitio para cuestionar incluso a los autores que inspiran nuestro proyecto. Si denunciamos las excusas de los poderosos, debemos exigir pruebas a nuestras propias afirmaciones. La venezolanidad que queremos recuperar no puede depender de una lista de autores intocables.

La lección para una nueva república

La actualidad de Rangel no consiste en copiar sus respuestas, sino en recuperar su disciplina intelectual: identificar el mito, preguntar qué función política cumple y contrastarlo con los hechos. Venezuela necesita volver a leer a sus pensadores no como decoración patriótica, sino como interlocutores de una discusión que todavía no terminamos.

Una república renovada no se construye con una explicación que absuelva a todo gobernante ni con una que atribuya cada crisis a una conspiración exterior. Se construye cuando ciudadanos e instituciones pueden decir quién decidió, con qué autoridad, usando cuáles recursos y ante quién debe responder.

Esa exigencia tiene consecuencias para cada artículo de MVGA. Debemos distinguir una cita de una paráfrasis, una interpretación de un dato y una advertencia acertada de una predicción que no se cumplió. Debemos también reconocer los límites de las fuentes. Rangel defendió una posición definida; leerlo con rigor exige mostrarla como suya, no disfrazarla de consenso.

Carlos Rangel fue un intelectual venezolano que discutió el relato de la inocencia política y el poder redentor de la revolución. Su obra no ofrece una receta para refundar el país. Ofrece una pregunta más útil: ¿qué parte del fracaso estamos dispuestos a dejar de explicar y empezar a corregir?

Fuentes y referencias

  1. Fundación Empresas Polar, «Rangel, Carlos».
  2. International Center for the Arts of the Americas at the Museum of Fine Arts, Houston, «Del buen salvaje al buen revolucionario».
  3. Library of Congress, Handbook of Latin American Studies, «The Latin Americans: Their Love-Hate Relationship with the United States».
  4. Carlos Rangel, Del buen salvaje al buen revolucionario, edición digital CEDICE, Biblioteca Carlos Rangel.
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